Al llegar, a uno le parece que lo que tiene delante no es el Guadiana. Sabrá, más tarde, que no lo es del todo. La tarde cae y en el embarcadero de Villarreal, no lejos de Olivenza, apenas hay nadie. Sorprende la belleza del lugar. No contaba el viajero con encontrar aquí, tan lejos del Atlántico, este trozo tan lúcido de mar, llamado Alqueva. El embalse, que es eso al fin y al cabo, fue creado hace algo más de veinte años y se le considera, tal vez, la mayor obra de ingeniería llevada a cabo por los portugueses. No en vano la llaman “el Gran Lago”. No muy lejos del embarcadero hay incluso una pequeña isla que llaman Oriana. Enfrente está ya Portugal y uno piensa en un principio que por esa rivera opuesta discurre la famosa “Raya”, que pasa por ser una de las fronteras más viejas de Europa. Pero no es así. Hay que recordar que primero fue el río y luego fue el embalse, y dado que era precisamente el Guadiana el que marcaba dicha frontera, la linde entre ambos países está mucho más cerca de la orilla española que de la portuguesa, coincidiendo con el lugar trazado por el antiguo cauce.
Se acomoda el viajero en una terraza
en la que apenas conversan un par de parejas a esa hora. Aún no se ha puesto el
sol y media docena de barcos, de diferente eslora, están amarrados en el
pantalán. Huele a mar y algunos pájaros atraviesan en compactas bandadas la
lámina azul, casi inmóvil, movida acaso por un oleaje imperceptible. Le parece
a uno imposible que este sitio no esté abarrotado de turistas y se afana en
disfrutar de los escasos momentos de paz que mediarán hasta que llegue la
noche. Al otro lado algunas luces brillan y pronto sabrá el viajero que la
silueta que apenas se dibuja en el crepúsculo no es otra que la de la Fortaleza
de Juromenha. De un aire decadente y triste, como un fado, Jurumeña, que ese es
su nombre en español, es apenas ya hoy un castillo abandonado, rodeado por
algunas de las edificaciones de la freguesía ya extinguida. El viajero imagina
cuán diferente debió ser cuando este fue un lugar estratégico y principal, en
el que, al parecer, se celebró la boda entre el rey Alfonso XI de Castilla y
María de Portugal, la “fermosissima María”, que describe Luís de Camoës en Os
Lusíadas. Si se aguza el oído parece como si aún le llegaran a uno las
reverberaciones de laúdes y bandurrias a través del lago, los vítores y salvas,
de aquellos esponsales en 1328. Nada, por supuesto, queda ya de ese pasado
suntuario.
La noche cae y, como se esperaba, el
embarcadero adquiere el ambiente de un club náutico donde se da cita la gente
guapa del lugar. Se ha levantado un ligero viento de Poniente que tira algunos
vasos, y al viajero le parece que ya va siendo hora de volver. En Villarreal,
la antigua Aldeia da Ribeira, parte de la Portugal irredenta, duermen ya sus
apenas ochenta y siete almas. La carretera, estrecha y recta, hasta Olivenza,
es solitaria e invita a la introspección, a retener en la retina los recuerdos
que los ojos han atesorado del Gran Lago.
