viernes, 1 de diciembre de 2017

Noche de santa Inés




Cuando oigo que alguien sube la escalera y camina desde el fondo del pasillo para detenerse frente a alguna puerta, cuento hasta diez y espero dos suaves golpecitos, los de tus nudillos carnosos sobre la madera, como quien porta un secreto que solo puede compartir conmigo. Era enero, igual que ahora, y la nieve cubría como un bozo la repisa de piedra junto a la ventana. «Qué ciudad tan adusta», recuerdo que dijiste, y yo reí, sorprendida de tus progresos con el castellano. Pero las dos éramos unas enamoradas de España desde mucho antes de estudiar en Cornell. «Adusta no es la palabra», pensé entonces, buscando un término que le hiciera más justicia. Tú abriste el libro que John Dos Passos te había regalado cuando, tres años antes de su muerte, visitó la facultad: Rocinante vuelve al camino. Recitabas ese pasaje en el que Telémaco entra en Toledo, después de haber caminado a pie desde Madrid. Todo debía ser tan diferente. Las dos nos lo imaginamos conversando con tratantes y arrieros, llegando a la ciudad que lo recibía con un trajín de acémilas y carros allá por el verano de 1922.

    Medio siglo después poníamos nuestras zapatillas sobre las piedras lisas, mirando las sotanas de los magistrales que bajaban por la calle oscura. Olía a olla de puchero y nos metimos en una de esas casas estrechas, con patio corredor, que en su parte trasera guarecía una larga galería de habitaciones de huéspedes y lo que, no hacía demasiado, debieron ser unas encaladas caballerizas. Qué poco nos gustó que nos dieran habitaciones separadas, tan desacostumbradas como estábamos a la lejanía. Por eso, a media noche, subías la escalera, caminabas, te plantabas delante de mi puerta. Posabas blandamente los nudillos y esperabas a que te recibiera.

    ¿Fue aquella tarde con Dos Passos cuando habíamos pergeñado la aventura? Imposible, había sido mucho antes. ¿Tal vez cuando supimos del viaje que, veinte años antes, habían hecho Ernesto Guevara y Alberto Granado por el Cono Sur para celebrar su licenciatura en Medicina? Pero, ¡qué sabíamos nosotras del Ché! Recuerdo aquel grabado de Rourague, en la casa de Roschild, que nuestro padre había sacado del Voyage Pittoresque En Espagne et en Portugal, de Emile Bégin. El dibujo estaba hecho desde un camino de sirga, al pie del río; la ciudad y el Alcázar elevados, como haciéndole cosquillas a un cielo vagamente salteado de nubes. Teníamos diez años y una vez, de camino a Missouri, habíamos pasado por Toledo, la ciudad de Ohio donde se montaban los Jeep. «Mira, la ciudad del cuadro», me dijiste. «La ciudad del cuadro», repitió papá, condescendiente ante la infantil cazurrería de su hija menor.

    ¿Su hija menor? Bueno sí, yo había nacido exactamente ocho minutos antes. En Roschild decían que no había dos mellizas más diferentes en el mundo. Adjunto extracto de la nota que acompañaba a tu libro de escolaridad, en cuarto curso. «Del todo desinteresada en las asignaturas de Ciencias. Distraída y contestona, acostumbra a engreírse en clase con las compañeras. Empática y sensible con los animales. Algo desaliñada en el vestir. Muy adelantada en lengua y geografía». Era cierto: eras un mico cuando ya te entretenías en dibujar, como una costura, las crestas de los Apalaches en el mapa, y cuando me dijiste que aquella en que estuvimos no era la ciudad del cuadro. «Hay otra Toledo en Illinois, y otra en Arkansas, y otra en Iowa. Y en Washington, e incluso otra en Oregon». Así que debiste pensar que aquella del dibujo tenía que ser una de esas. Qué malicia gastaba al pensar que, a menudo, te quedabas en la mitad de todo.

    Aún no entiendo cómo aquella noche nos aventuramos a salir. Eras amante de los presagios y por la tarde un alcaudón, aterido de frío, nos había picado en el cristal. Ya oscurecido, una estudiantina cruzó la calle parando brevemente bajo las ventanas con luz y tú te asomaste, encandilada por los chicos ataviados con sus capas, jubones y gregüescos, que llenaban la noche heladora con aquella música alegre de bandurrias, laúdes y castañuelas. Entonces sacaste de la maleta los vestidos negros que guardábamos para las grandes ocasiones y los estiraste en la cama, como sopesando si estaríamos lo suficientemente locas como para salir a la intemperie, embozadas con nuestros abrigos, con aquellos disfraces de sátiras.

    Iluminadas por la lánguida luz de los faroles, nuestras pisadas parecían dejar sobre la nieve la efímera estela de un camino de hormigas. Creímos volver a oír la música de los trovadores callejeros pero el silbido de la cellisca nos rondaba hasta desnortarnos por completo. Qué fácil resulta perderse en este laberinto de callejas y cobertizos. A aquellas horas solo ansiábamos el calor beatífico del mesón más humilde, la portezuela entreabierta de una tasca que nos convidara a su seno. En lugar de eso, vimos aquel peculiar trío de enmascarados. Faltaban varias semanas para el Carnaval y nos sorprendió encontrarlos calle arriba, sobre nuestros pasos, como samoyedos husmeando nuestro rastro bajo los mullidos copos. Uno vestía de cura, otro de soldado de los Tercios, otro como aquellos médicos venecianos ocultos bajo su ganchudo antifaz para mantenerse alejados de los enfermos de peste. Nos pareció, sin embargo, que no había entre ellos algazara, sino que más bien, en silencio, trataban, con más o menos ansia, de darnos alcance apretando el paso en la costana, envalentonados por la complicidad que les confería la noche cerrada. Tal vez por ello, al entrever la ojiva iluminada de aquel viejo portón, no dudamos en parapetarnos en su zaguán.

    Como si nos esperara salió a recibirnos. Un hombre entrado en años, algo grueso, con el dedo índice levantado, creímos que para pedir silencio. Aún no nos sentíamos del todo a salvo de los trasnochadores faunos por los que nos habíamos sentido perseguidas e, invitadas apenas con un gesto, accedimos a entrar en aquella morada escolástica en la que todo parecía dispuesto para una velada frugal. «¿Quiénes eran esos hombres?», preguntaste entonces. Fuiste siempre tan cándida, hermanita. Como si no hubiese cosas más apremiantes que saber. Como, ¿quién era nuestro anfitrión? ¿Qué se celebraba y a qué debíamos tan inopinada invitación? ¿Nos habíamos colado así, sin más, en la mansión de un loco? «¿Es que no oyeron hablar ustedes de la Orden de Toledo?», repuso él entonces. Nuestras cándidas caras debieron valer por una negación, ya que nos hizo sentar una a cada lado de la estrecha mesa, antes de comenzar a hablarnos.

    Claro que habíamos oído hablar de Lorca y de Buñuel, pero nos costaba imaginarlos, rodeados de vividores, arremolinados en el patio de la Posada de la Sangre, vaciando los bolsillos en un almirez para beberse todo el vino de la vieja corte antes de que el sol saliera. O pasando la noche de vigilia, arrebujados en una sábana blanca, rondando las calles en soledad o subiendo al campanario de la catedral para escuchar los cantos de las monjas del convento de Santo Domingo en plena madrugada. Ante los obnubilados ojos dalinianos de nuestro convidante, tú dijiste que siempre habías tenido a Buñuel por un cineasta mexicano y a mí me resultaba imposible figurarme borracho a aquel chico de Granada con cara de bueno y pelo engominado que una vez había visto en imágenes mudas, y que me hablaba desde sus versos de ríos con «barbas granates» o de «vírgenes con miriñaque» por las angostas calles del Albaicín.  Y además, de aquello hacía más de treinta años, ¿qué tenían que ver los bufones que habían andado tras nosotras? «Oh, pero el tiempo a veces es blando como una masa de pan, o como las galerías de un hormiguero, que tras largas travesías, conducen a veces a la entrada después de un viaje circular», dijo sin mucho sentido nuestro hospedero, al tiempo que acudía a un anaquel para echar mano de un libro muy raído, con las solapas atadas con descoloridas cintas de organdí.

    En cuanto comenzó a leer, las dos recordamos el pasaje de El conde Lucanor y nos transportamos de inmediato a la hierba del campus, cerca del edificio Bergson, allá por la primavera del 70. Habíamos entrado en la biblioteca del claustro y tú cogiste el Manuscrito hallado en Zaragoza, mientras que yo tomé la vieja obra de Don Juan Manuel. Qué mejor plan que pasar una tarde de solaz en aquel prado urbanita en compañía del conde Jan Potocki y el duque castellano. Tú siempre fuiste el corazón y yo el cerebro, tú el sentimiento y yo la razón, por lo que te iba bien ese juego de babushkas que representaba tu libro. Yo abrí mi alegórica obra por el Cuento XI, en el que se narra «lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo». Enseguida abandonaste a tu conde para acompañarme a la apartada cámara a la que don Illán condujo a su invitado para instruirle en las artes de la nigromancia, en las que este quería versarse. Desde el principio, don Illán recelaba de que el deán, una vez alcanzada mayor dignidad, olvidase pronto los favores por él prestados, mientras que el canónigo lo convencía de que jamás ocurriría tal cosa. Y desde aquel momento, como viajando sobre una escoba, casi pudimos ver cómo llegaban los dos escuderos que le anunciaban su nombramiento como arzobispo, y fuimos con su cohorte a Santiago para asistir allí, más tarde, a la noticia de que se le otorgaba el obispado de Tolosa, y cómo en Tolosa era nombrado cardenal y cómo, una vez ungido cardenal, se le entronizaba finalmente en la silla de Pedro, y todo ello postergando para nunca los discretos favores que don Illán le iba pidiendo en su exitosa carrera, y terminar por ver cómo su mismísima condición papal se desvanecía igual que lo hace un sortilegio, regresando al sótano apartado, bajo las aguas del Tajo, en el que volvía a ser un mezquino deán.

    Tú siempre fuiste el corazón y yo el cerebro, tú siempre el amor y yo la conveniencia. Lo fui ya en Cornell, cuando las dos cursábamos filología y tú quedaste atrás. Por entonces mamá comenzó a guardar los vasos en el armario y las toallas en la nevera, y a llamar a los lápices «palitos de escribir». Me pediste ayuda pero, demonios, estaba tan cerca de lograrlo… Llegaban los exámenes finales y, preparándolo a conciencia, mi expediente daría para conseguir la beca de la Hispanic Society. Después de todo, tú habías tirado el curso por la borda, estabas en mejor disposición. Y lo entendiste. Te ocupaste de ella cuando fue olvidando los nombres de las cosas, incluso los de nosotras, pero me volviste a llamar cuando ya no siempre podía levantarse o cuando comenzó a confundir el wáter con el dormitorio. Pero por ese tiempo luchaba por la cátedra. ¿Acaso tenías el don de la oportunidad? Era demasiado importante y no podía permitirme distracciones banales o lo lamentaría. Volviste a entenderlo, igual que lo entendiste cuando mamá murió y yo estaba en aquel congreso en Quebec, y me excusé mandando aquel enorme ramo de magnolias —ciento cinco dólares con ochenta centavos—. Luego, sí, te volviste rara y te abandonaste. Te pusiste gordita y empezaste a usar felpa, como esas amas de casa del Medio Oeste. A veces venías a verme y tomábamos un café, entre clase y clase. Más tarde solo supe que estabas en Des Moines, con aquel novio tuyo. Eso y la carta de un hotel, en la que se me avisaba de que fuese a recoger las pertenecías que, al parecer, habías dejado. No le di importancia, pero fue precisamente ese el último rastro que dejaste. Cuando, muchos meses después, fui hasta aquel hotel, encontré una maleta de ratán llena de libros. Entre ellos estaba El Conde Lucanor. Una postal de santa Inés, adolescente mártir, marcaba el cuento del deán de Santiago, y en su reverso, la palabra «Regresa» en castellano.


    Y sí, he regresado, ¿no es eso lo que me pedías? He deseado en este tiempo cambiar tantas cosas, cambiar cada una de esas estaciones en que no estuve contigo, en las que te fallé. Por eso vuelto, esperando que el tiempo sea blando y moldeable, como una masa de pan, o como las galerías de un hormiguero, que a veces te conducen al principio, en un viaje circular. Es 21 de enero, noche de santa Inés. No hay nieve por las calles pero el frío bruñe las piedras con gotas heladas. Camino por los mismos solitarios cobertizos, hacia la misma casa que entonces visitamos. ¿Era acaso el mágico Illán el que nos esperaba? Me detengo ante el portón sombrío. Si es circular el tiempo, sueño con encontrarte en esta casa, sentada a aquella misma mesa. Don Illán volverá a leernos El Conde Lucanor, el cuento del deán de Santiago, y yo no volveré a dejarte sola. Hay luz en la ventana. Alguien, detrás, sostiene una palmatoria. Me mira, luego desaparece. En algún lugar de la casona, una puerta se abre. Sonido de goznes y madera. Le oigo bajar, despacio. Contengo la respiración aguardando que los sueños se cumplan. 

domingo, 19 de febrero de 2017

La linterna mágica



A Batbayar le gusta despistarse un poco de su marido. Él acaba de vender el último grano de la cosecha en el mercado de Ulán Bator. Ella mira telas de seda para un vestido nuevo. Han comprado víveres y ropa para el invierno. Antes de abandonar el mercado, él se para ante un viejo artilugio, que inspecciona mirándolo desde todos los ángulos. «Linterna de cine», dice el vendedor kirguiz, con grandes aspavientos. «Noches felices», añade. Samir mira a su mujer buscando un asentimiento. Cuando se casaron, a los diecisiete años, vieron una película en la capital. Esa gente debe estar escondida detrás de la cortina blanca, pensaron. Ahora el vendedor kirguiz les dice que la gente, en realidad, salía de aquel viejo aparato azul desconchado que trae una especie de fina lámina negra enrollada en su interior.

Khaitar está al norte, a seis horas de camino. Son solo cuatro yurtas al lado de una ruta de caravanas. Los niños los reciben con cómica algazara y enseguida extienden por la aldea terrosa y reseca la noticia de la llegada del extraño aparato. Batbayar se afana enseguida con los peroles. Pronto caerá la noche y la familia espera ansiosa la cena caliente junto al fuego. Samir coloca los víveres y al final vuelve a echar un vistazo a la «linterna de cine», que enciende con un generador. Mientras la coloca sobre una mesa alabeada, varios vecinos van congregándose en la tienda. Acude incluso Maagar, con quien no se habla desde la última cosecha, acompañado de su mujer y de sus dos pequeños. Batbayar sirve un cuenco de oloroso caldo para todos y se hace el silencio mientras Elizabeth Taylor y Paul Newman aparecen sobre una sábana blanca atada a los extremos del caldeado espacio, donde apenas cabe un alfiler.

A la mañana siguiente, Batbayar se levanta muy temprano. Se mira en un trozo de espejo e imagina su pelo y sus ojos pintados, como los de la mujer hermosa que ha salido del viejo aparato azul. Nota que alguien está junto a la puerta y se acerca para abrir. Es la mujer de Maagar que porta un pastel de batata envuelto en un paño. Se lo extiende, con una timidísima sonrisa. Sus ojos parecen diferentes. También ella se los ha pintado como la mujer de la película. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Misterios de Sintra



Cuando Eça de Queiroz publicó en 1870 “El misterio de la carretera de Sintra” no podría haber escogido un lugar más en consonancia con sus propósitos. A lo largo del verano de ese año, los lisboetas siguieron, en forma de folletín, la crónica policiaca del desconocido Doctor X. Hay que imaginar la sinuosa carretera que, en aquel tiempo, debía unir la capital con el que era ya retiro predilecto de la nobleza portuguesa, y añadir solo algunos elementos más para componer el escenario perfecto.

Pero, ¿cómo definir Sintra? Tras recorrer los melancólicos pasillos y estancias del Palacio da Pena, miramos, sobrecogidos desde las balaustradas suspendidas casi sobre el cielo, las verdes freguesías tendidas como un mantel a nuestros pies, en la distancia. Más al oeste parece llegar una reminiscencia del salitre del Atlántico, olores de maderas de las Azores varados en el aire que sube envuelto en nubes hasta aquellos riscos.

Ya a principios del siglo XIX, cuando el rey Fernando II, gran maestre de los Rosacruces, en compañía de su esposa, se enamoró del sitio, debía tener ese halo que invita a la permanencia y al regreso. Los bosques que poblaban la escarpada sierra fueron tomando la brumosa vestimenta de jardín inglés, para evocar más tarde los paisajes de Turingia de los que provenía el rey consorte.

Hoy Sintra sigue destilando misterio por todos sus poros. Si uno decide caminar sin prisa, ascendiendo entre musgosos muros de piedra, se corre inequívocamente el riesgo de padecer el síndrome de Stendhal, entre el sugestivo asalto de la belleza de palacetes y quintas, donde la aristocracia lusa encontró su cercano Shangri-La. Porque Sintra es, más que ninguna otra cosa, una fantasía romántica. Cautivar es lo que se deseaba en la Quinta de Monserrate, desde donde parece que nos llega todavía la música de una velada entre tintineo de copas, o en la de Regaleira, con su pozo iniciático, y su decadente rumor de agua.

No es difícil imaginarse, en el ecléctico Palacio da Pena, a la vuelta de cualquier esquina, a su última propietaria, la condesa de Edla, Elisa Hensler, una inquilina a la altura del lugar, exquisita habitante que, se dice, conquistó al rey tras la representación de “Un baile de máscaras”, de Verdi. Su matrimonio morganático fue, en realidad, uno de los episodios finales de la monarquía. El país respiraba ya otros aires, en los que los lugares encantados, como este, dejarían de ser patrimonio privativo de unos pocos privilegiados. Hoy miles y miles de visitantes llegan a Sintra cada día. Al despedirse de ella, casi todos coinciden en recordarla como una de las más bellas postales que ofrece este rincón meridional de la vieja Europa. 

jueves, 23 de junio de 2016

Transición al azul en una calle de Leópolis



He estado toda la santa noche mirando por la ventana. Me parecía que aquel coche negro aparcado desde las diez, enfrente, junto a la acera mojada, era otro de esos emisarios de la Lubianka que me perseguía, esperando cualquier salida, por cualquier motivo, para darme su zarpazo, borrarme del mundo a su manera, hacer que hasta las iniciales de mi nombre faltaran de los anuarios del colegio y no hubiese nunca existido Poliana Betzarina.

El hotel es inmenso y gris, como un museo abandonado, en que los visitantes-huéspedes esperan aterrorizados en sus suites el toque de unos guantes de cuero sobre la puerta. ¿Por qué razón viaja? ¿En nombre de qué agencia? ¿Cuál es el motivo de su estancia en la ciudad? Cierta información contradice sus palabras... ¿Sería tan amable de facilitarme su pasaporte? ¿Ha dicho usted que trabaja para..?  ¿Lugar de nacimiento?

Pero ha amanecido y ningún horrible nudillo ha golpeado sobre la puerta de la habitación. A eso de las tres unas sirenas. Gente uniformada cruzando la avenida. Un borracho bailando una polca en medio de la calle. Una tos estridente en el pasillo. Casi me he orinado.

Cuando salgo a la calle llueve rabiosamente, como si el cielo se hubiese descosido. Hay una transición al azul que baja de las nubes, ¿sutilísima señal de la llegada de otro tiempo? 1982. No he visto nada. Desde el otro lado a esto lo llaman “el telón de acero” y yo creo estar sentada en una butaca apolillada, delante de un telón que no se abre nunca, mientras todas las obras del mundo se ponen en escena.

He de hacer rápidamente mi maleta. Lo tengo todo pensado. Nada puede fallar, creo… Cada paso. Cada mentira está ensayada. E incluso si algo fallase, o si fallase todo, mi ánimo terminará siendo más fuerte…

sábado, 18 de junio de 2016

Poema hallado en las ruinas de Volterra




Hay un día remoto en que todo se ensombrece
Y hasta el azul del cielo se gasta y recordamos
Con nostalgia las pasiones devastadas.
Una tristeza pequeña se agarra a nuestros ojos
Y nuestra proporción de agua nos invade.
Imploraríamos entonces por una voz, un verso
Que nos golpee como un viento furioso.
Por un caudal nuevo de sonrisas
Que ponga letra a músicas antiguas,
Que nos invite a caminar por las calles los días de verano.
Y a soñar lugares que no existen
Y a desenterrar palabras olvidadas.
Y a embriagarnos con vinos olorosos.
Y querríamos que esa voz, ese verso, ese viento furioso,
Ese caudal nuevo de sonrisas
No fuera como la nube blanca de la tarde,
Efímero espejismo de vapor que se estiliza
Delgado trazo de pincel que se diluye comido por el tiempo. 

sábado, 11 de junio de 2016

La sangre del castillo



Un barril de vinagre se ha desprendido de un carro en algún lugar de la ciudad, y docenas de sans culottes sorben el líquido sobre las sucias piedras como si fuera un elixir. Hay una calma queda, se oyen disparos y algazaras. De vez en cuando, una evanescencia de pólvora tiñe el cielo de la noche. Huyen los nobles de sus heráldicas casonas hacia Marsella, hacia algún puerto que los aleje de las hojas afiladas.

En el castillo de Montgrú, la canonesa espera abstraída el último baño del día. Ha oído que el país anda alborotado. “¿Qué querrán esos miserables? ¿No les basta acaso con lo que les deja la pedregosa tierra? Yo misma les concedo un privilegio permitiéndoles habitar todo lo que me pertenece, porque incluso sus vidas son mías…”

Fuertes golpes de alabarda asaetean el portón. En la noche hay como un fulgor de fuego en las colinas, y puede adivinarse el olor de la ceniza. Entre las paredes del castillo, corretear de almas llevadas por el miedo. Un candelabro acarreado en volandas plasma sombras chinescas por las oscuras galerías. Pero, en lo más alto, la canonesa solo tiene oídos para la temblorosa vihuela que acuna su duermevela, mientras dos sirvientas calientan una bañera colmada con leche de diez yeguas, en la que ha de ablandarse su piel para mantenerse inmaculada y perfecta.

domingo, 5 de junio de 2016

La senda en el hayedo




Robert Musil decía que un bosque puede abrirse, pero su corazón siempre retrocede. A esta hora en que todo se apaga, me gusta venir aquí, al corazón del hayedo. ¿Han probado a dejar que la noche les envuelva en la soledad de un bosque? Toda nuestra fortaleza y nuestra seguridad se desvanece, y nos hacemos pequeños y vulnerables, como el más simple de los seres. El crujir distante de una rama o el ulular de un cárabo disparan nuestro subconsciente para envolvernos en un manto de temores y presagios.

Con mi farolillo me abro paso por una vieja senda. Antiguamente, mucho antes de que la luz eléctrica alumbrara nuestras casas y de que hubiese ninguna carretera, el estrecho camino unía, como una apretada galería entre la fronda, una aldea pequeña con otra algo más grande. Durante el día era frecuente toparse en ella con animados caminantes yendo de una a otra por cualquier razón. Sin embargo, por las noches debía haber una buena razón para cruzarla. En realidad, solo los enamorados y los desesperados osaban recorrerla en la negrura. Los primeros, movidos por el pulso pujante de los deseos del corazón, para ver a su amada, que los esperaba en la otra aldea. Los segundos, en busca de un médico, apremiados casi siempre por una vida que se extinguía.

Muchos de ellos vieron a Malvís, pero de formas diferentes. En ocasiones iba tocada con un hábito de monja, y al pasar junto a aquel que la veía decían que murmuraba una oración en una lengua extraña. Otras veces era una joven descubierta, hermosa y con los hombros desnudos, incluso en pleno invierno. Los había incluso que decían haberla rozado y que su carne era fría como los arroyos por los que baja el agua del deshielo. Pero todos ellos coincidían en algo. Tras el encuentro con la dama no volvían nunca a ser los mismos. Los miedos y los temores menguaban como la llama de una vela que se apaga, y el peso de la vida se hacía más liviano.

Por eso yo he vuelto esta noche a la vieja senda que atraviesa el hayedo. A esta hora en que el cárabo se descuelga de su rama y sobrevuela los claros entre la espesura. También yo quiero ver a la dama para que mi corazón lata tanto y tan fuerte que ya nunca más vuelva a sentir miedo.